viernes, 8 de agosto de 2008

El Fin (resonacias con "Martín y Alicia" abstenerse)

Rompió todas las cartas y se echó a andar por el puente, que es uno más de entre todos esos puentes que cruzan el río tan nombrado en la ciudad ésa tan renombrada y recomendada y visitada por turistas con cámaras fotográficas incansables. No estaba allí, no realmente, pero de alguna manera estaba más allí que donde en verdad estaba.

¿Porqué? No es muy relevante: él necesitaba alejarse, no estar donde y cuando estaba en ese momento, romper ésas cartas era muy doloroso. Por lo tanto forzó su mente y creó esa ciudad, se rodeó de ella, empapeló la realidad con otro lugar más estúpidamente literario. Tal vez la única razón de ese escenario imaginario era que él necesitaba contarse algo así como un cuento de lo que le estaba pasando, para lograr lo que la cotidianeidad no puede, es decir, ser sublime, omitir lo contingente, lo anecdótico del recordar hasta en cuántos pedazos rompería las hojas y de qué manera caerían a ese río sucio que era muy ancho para cruzarlo en puente, por lo que la naturaleza lo había dotado con la capacidad de ser tan bajo que era posible, a veces, atravesarlo a pie, caminando por sobre los sedimentos que todo un subcontinente junto despachaba allí. Ese río híbrido, aburrido de que lo comparen con el café con leche, ya que ni él mismo se le ocurriría beberse, no era equiparable al río cruzando la literaria ciudad, ese capricho de los poetas que, intentando ser geógrafos, la describen y la describen y la desnudan de realidad para dejarla bella, bohemia, europea, cosmética-cosmopolita, perfumada de frivolidad, tan musa de mimosos, hastiada de elogios absolutamente vanos, pero ciertos. Nunca había estado allí, pero estaba en la ciudad que el momento necesitaba.

Se acercó a la baranda de lo que fuera sobre lo que estaba parado. Con cara de nene que se pone serio para parecer más grande, rompió ceremoniosamente los sobres, con la astucia suficiente como para lograr que las cartas fueran cayendo desde dentro de los pedazos de sobre, dejando ver la letra que le gustaba, que conocía y reconocería aún hoy, luego de tanto tiempo. Era, para ser sinceros, una última hojeada a esas cartas antes de que el río europeo o sudamericano se las llevara hasta las redes de contención de basura flotantes anti-contaminación.
Imaginó la tentación -se tentó- de ir a rescatarlas, de buscarlas revolviendo entre la mugre del río. Quiso ir hasta las redes al punto de que casi sintió la voz de esos oficiales de prefectura que hablaban una lengua que apenas mascullaba, pidiéndole explicaciones que no podría responder ni aunque fueran enunciadas en su propio idioma. Volviendo a sí mismo, apresuró la destrucción hizo trozos más pequeños para no poder leer ninguna frase ni palabra.

Pensó una cosa curiosa: no recordaba quién era ella, no la recordaba, pero sabía dónde debía buscar para recordarla. Pero no quería más tormentas, no más eso que fue y que no es ahora. Sintió asco en la boca y una molestia en el estómago; el sol bajaba y todo lo que daba de luz era belleza incontestable. El vértigo se le amontonó unos segundos, no quiso hacer el ridículo cayéndose. Arrojó el último pedazo y se dio vuelta para echarse a andar por el puente, o por la costanera. En verdad, eso no era relevante, porque fuera la ciudad que fuere, había logrado la separación, ya no habría treguas ni licencias. Se había ido para quedarse, para explorar el vacío.

El sol seguía bajando imperceptible y constantemente; la tinta, al contacto con los carburantes que contaminan el río, se disolvió en poco tiempo. Saliendo del puente, decidió averiguar en qué ciudad estaba. No se sorprendió.

1 comentario:

sofi dijo...

Mezcla de sensaciones que algún día te contaré... Muy muy copado Sebas...
Te ayudó que yo estuviera en París?? jajaja... Upa! Me inspiré:

El puente... LOS puentes.. había un montón... y cada día crucé uno distinto. Fue un juego que llevé a cabo, intentando perderme en esa ciudad que era mía, aunque al principio me absorbía en el miedo de mí misma. Me quedaba chiquita a su lado, me miraba de arriba como diciendo "Who are YOU?! Good bye, foreign!" Y me sentía que no era mi lugar.

Pero todo se me esclareció al tercer día, cuando entendí que no pasa por sentir si es o no es "tu lugar". Era cuestión de tiempo y de "hacerse" ese lugar. El cuarto día lo puse en práctica. Como buena hija de biólogos que soy, lleve a cabo un experimento: fui con mi cuadernito a los jardines de las tuleries y me senté en una silla frente a una fuente con gaviotas, sí, gaviotas, NO palomas.

Ahí pasaron las horas, mientras yo dibujaba, escribía y volvía a colgarme dibujando en el margen de las páginas y lo contemplaba todo. Esta vez era yo la que estaba por encima. Y aunque el cielo estuvo nublado todo ese día y de vez en cuando se asomaba el sol, me sentía que me había encontrado. Así... como estaba ahí.
Esa era yo, mi yo en París.



Fue corto, pero me hizo acordar que tengo las cosas escritas de ese día. Tal vez después actualice mi blog y suba eso mismo... u otras cosas.
Me encantó el relato. Ahora no se si se pueda continuar. Parece como cerrado. No se... sorpréndanme!
Saludos al grupete.
Sofi